Cuando entras todas las mañanas en el tren, lo encuentras en el mismo vagón , en el mismo asiento, con sus mismos rizos apoyados en el cristal por donde se filtran los rayos de sol como dedos naranja. Te sientas en un puesto enfrentado diagonalmente al suyo. Y, de repente, un beso. Adentras tu mano en sus cabellos, sientes su respiración en las mejillas, su sabor a café con leche, un traqueteo familiar, un “próxima parada…” silenciado.
Cuando despiertas todas las mañanas en el tren, no lo encuentras. Abres los ojos y descubres que, de nuevo, se te ha escapado tu estación.