sábado, 30 de enero de 2010

Objetos perdidos...y encotrados

Es curiosa la percepción que de una misma realidad tenemos según nuestra lengua. Un ejemplo de ello son las distintas adjetivaciones que reciben esos objetos cuyos dueños sufrieron, alguna vez, una laguna en su concepto de propiedad, en algún lugar azaroso del universo y que, en un acierto aún más insólito de la casualidad, alguien encontró. En español los conocemos como objetos perdidos, en memoria de aquellos que, al percatarse de su despiste, comienzan a buscar. En inglés, en cambio, the lost and found, no pasan por alto que, si alguien lo pierde, alguien lo encuentra. Sin embargo, el punto de vista para mí más curioso, supongo que por la contrariedad que supone en mi conceptualidad hispana, es el francés. Estos artículos que cuentan una dualidad histórica son reconocidos por el pueblo galo desde el otro lado, desde el segundo instante coincidente entre una persona y el ser inerte. Son los conocidos como los objetos encontrados, "les objets trouvés". Así fue como esta determinación lingüística determinó las vidas de Benoît y Celia:

Continuará...

viernes, 29 de enero de 2010

El murciélago


Me pregunto qué se nos pasaría por la cabeza para captar ese momento preciso. Por qué. Cómo. El acierto de un bicho que capta un instante. Irrepetible. No se volverá a dar jamás. O quizá nunca existió. Cada vez que la miro me parece diferente. Rasgos, surcos, emociones robadas, brillantes ojos que nunca posan en el mismo sitio, prados, avellanas, cielos... los míos rojos. No son reflejos. Son colores que poseemos, o esa mentira nos grita esta máquina. La misma que decidió teñir mis pupilas agigantadas, que queda colgada y sobrevuela nuestra intimidad plasmando sus alas negras. Da igual cómo lo consiguiera. Lo que importa es el qué. Tienes razón. Como siempre. Por siempre recluido en una representación que no me represente, que me recuerde lo que quise ser. Puede que lo fuera. Lo fui. Sigo mirándolo todo al revés, pero en movimiento. Da igual el mecanismo. Veo.”


Caracol


Deja de mirarme
con un caracol colgando
de tus pestañas.

Haz que ruede hasta mi ombligo
y que suelte ahí sus lágrimas.

Deja de mirarme
con un caracol colgando
de tus pestañas.

Rodarán por mi vientre
y se empegostarán como mocos.

Deja de mirarme
con un caracol colgando
de tus pestañas.


Esa baba de caracol dormido
que no transpira sino oxida
poros con pegamento hipnótico
y miradas distraídas.

Un caracol retorcido
que atrapa espirales
y devuelve legañas verdes.

Ese es tu ojo
que guiña a la ironía.

Ese es y no el que chorrea
olas cristalinas
de verdeazul y melancolía.


Deja de mirarme
con un caracol colgando
de tus pestañas.

Porque se alejará
arrastrando un rastro
de vacío orbital.

martes, 26 de enero de 2010

Palomitas


Un niñito muy pequeñito alimenta a las palomas en un parquecito. Al niñito le gusta sentir como entra el estallido de la comidita en los piquitos, como una arañita en sus orejitas. Y sonríe, haciendo chirriar sus dientecitos.

El niñito empieza a ir al colegio. El niñito aprende. El niño ya supo leer.

Y un día, mientras arrojaba comida a las palomas, leyó en el paquete que contenía la comida la secuencia P-A-L-O-M-I-T-A-S. El niño hizo chirriar sus dientes en una expresión de susto al descubrir que esos animales, que parecían tan pacíficos, eran caníbales.

Y así es como el niño, aún, por un tiempo muy cortito, dejará volar a las palomas y a su imaginación.