lunes, 8 de febrero de 2010

La brújula

Caminaba algo desorientado, miraba el reloj incesantemente, sin detenerse a comprobar la hora que era, mientras el sol, tras un horizonte de edificios de cristal y espejos, anunciaba, inexorable, el tiempo inminente de la noche. Entonces se detuvo y, fue extraño... Se giró de manera convulsa y se percató del alargamiento exagerado de su sombra, arrancada desde sus pies y afilada hasta un árbol de tantos que poblaban la civilización urbana, uno de tantos que disimulaban, con cierta gracia y elegancia, el hormigón y el vidrio opaco. Y fue extraño porque la sombra parecía señalar algo. Era una flecha hacia no se sabe qué lugar.

Sin previo aviso, se había convertido en una aguja imantada. Era una brújula humana sembrada en el centro exacto de la urbe. Llegada la noche, la sombra guía menguaba y su figura se petrificaba inerte. Se congelaba como el resto del mobiliario urbano a la espera de los faros de los coches que pasaban irregularmente a esas horas de la noche, para revivir, al menos, su silueta en un parpadeo mínimo. La aurora le dotó de una vida anaranjada y de la proyección de una línea que sorprendió al primer transeúnte que deambulaba a esas tempranas horas de la mañana, en busca de algo que lo alejara de su rutina uniformada, aunque eso, aún, ni él mismo lo supiese. Miró a nuestro hombre, espantapájaros sin cosecha ni aves, y éste le respondió con una sonrisa etrusca, porque su gesto no estaba, ya, más musculado que un mármol y, en una comunicación sin nombres, señaló su sombra y le indicó la función de su postura: LA DIRECCIÓN DEL DESTINO.


Celia cerró el libro más perdida que nunca.

lunes, 1 de febrero de 2010

Celia et les objets trouvés


Celia iba de lunes a viernes a la facultad de matemáticas. Los lunes y los miércoles tenía clases desde las nueve hasta las dos y media de la tarde; los martes desde las ocho hasta las dos y media; los viernes desde las once y media hasta las dos y media y, luego, prácticas de cinco a siete; los jueves llegaba a las ocho y salía temprano, más o menos a la una, o a las doce y media, o a la una y cuarto, o... Celia odiaba la imprecisión temporal de su profesor de geometría. La discordancia entre su exactitud espacial y el irregular horario era una contradicción que atentaba contra toda coherencia lógica. Celia odiaba el jueves. El jueves era una línea curva en la cuadrícula de su vida.
El cuarto jueves del cuarto mes de su cuarto año de estudios universitarios, el profesor de geometría acabó su temario a la una y trece minutos. Desorientada, salió calculando minutos y segundos en que ocupar su tiempo: "Demasiado pronto para un repaso de la asignatura, poco tiempo para ponerse con los trabajos, muy temprano para el almuerzo,..." Y, mientras se alejaba por el paseo bordeado de almendros, un libro posado en un banco, abierto, con las hojas al vuelo, dibujando la silueta de una mariposa inquieta, detuvo su pensamiento. Se acercó lentamente, como con miedo a espantarlo y que saliese volando entre la espesura. Lo miró desde una perspectiva picada y descubrió, entre uno de los movimientos parpadeantes del follaje gráfico, unas gafas de montura fina, redondas, con lentes gruesas, de auténtico cristal pesado. Un oportuno y desconcertante golpe de brisa, la invitó a sentarse. Apartando con maestría de pianista las páginas volantes, cogió con fragilidad de violinista vienés las gafas y, en un absurdo y mágico gesto, se las colocó a mitad de su nariz, las trabó en sus orejas y enmarañó entre sus rizos atados:

Primera página: NOCIONES PARA ORIENTARSE EN EL MUNDO
Segunda página: Un hombre y una sombra. Más ilustración.