miércoles, 24 de marzo de 2010

Un recuerdo con título

Al despertar en el estudio, sintió el encuentro y la pérdida simultáneamente. Despejó de ensoñación sus ojos y la intentó recordar, recordar su fugaz mirada y la solapa del libro que sostenía bajo el brazo. Despejó la incógnita de la dimensión de sus pupilas en soporte papel, proyectándolas desde las suyas al carboncillo del lápiz. Dedujo el perfil de su nariz a partir de su sombra, la forma de sus labios a través de la curvatura que delineaba el viento al rozarlos. Su cuerpo quedó difuminado como una ráfaga, relegado a un segundo plano. No así su brazo, que se alargó hasta la mano perfectamente representada en el dibujo.

También apareció el libro, primero su proporción, luego, poco a poco, su cubierta detalladamente calcada, arrugando con matices los pliegues de la imitación de cuero que connotaba, de alguna manera, la condición inédita del ejemplar. Y, de repente, en un fogonazo, se fotografiaron las letras doradas adheridas a la portada: NOCIONES PARA ORIENTARSE EN EL MUNDO.

El dibujo de su memoria ya terminado le sugirió una nueva línea de prolongación. Quizás ese libro fuera el punto de enlace, la pieza clave de un arco de medio punto donde descansaba todo lo que empezaba a sentir y que anhelaba aún más que la precisión de sus diseños.

Desde hacía cierto tiempo percibía -e intuía que el resto del mundo también lo hacía- como sus edificios yacían algo inertes en el espacio, como se derramaba la fuerza por las ventanas y se perdía la entereza bajo los cimientos. Y, de repente, aquella estación de trenes, aquel reloj y aquellos ojos le imprimieron más movimiento al edificio que cualquier desnivel. Sintió como el edificio cobraba corporeidad desde su plastificación en las nubes y ahora no podía más que personificar el milagro en aquella chica misteriosa que se perdió por el sendero de almendros con el libro de sugerente título bajo el brazo.

Tenía que encontrar ese libro.

domingo, 21 de marzo de 2010

La ventana

He encontrado… - decía mientras miraba de reojo por la ventana- un nuevo punto de vista desde el que arrojar mis sentidos.
Abrió la ventana, sacó uno de sus pies a través del alfeizar, tomó aire y lo empujó hasta la profundidad de sus entrañas y, cuando iba a expirar, levantó el talón del pie que sostenía la parte de su cuerpo que aún mantenía la atención de su alumnado y la masa asfixiante de la realidad. Algunos de los alumnos sintieron la levedad momentánea de sus cuerpos sobre los asientos en un impulso por sujetar el vuelo de su profesor.
Son sólo unos segundos, unos segundos de tránsito -pensaron todos.
El vacío se empezaba a abrir paso bajo su peso, se deshacía su tacto como un líquido que se evaporaba en fusión con el viento, su vista se llenaba de rocío, su oído transcribía la línea recta del desánimo, del abandono del pensamiento y de la respiración. Pero nació del cielo un tejido de vigas metálicas, un techo plagado de triangulaciones precisas del que pendía un reloj. Y en el preciso instante en el que el puntero decidía apuñalar las cinco, una alumna decidió perder su gravedad para cedérsela al profesor en un empujón que lo devolvió al interior de la clase. En el exterior las nubes se disolvieron y, en el interior de la clase, el techo se encendió tras unas gafas de pasta verde que Benôit veía por primera vez.

jueves, 18 de marzo de 2010

Benôit y los objetos perdidos


Benôit llegó aceleradamente tarde a la clase del cuarto jueves, del cuarto mes, del cuarto año como profesor de teoría de la literatura en aquella universidad de dudoso prestigio. Cuando se abalanzó sobre la puerta de la clase sus alumnos ya habían dispuesto sus asentaderas en los incómodos bancos alineados de manera antinatural en aquella aula que, como el resto, inclinaba los oídos hacia los sucesivos monólogos que dirigían los profesores. Y todo ello le produjo un incremento repentino de su ya presente nerviosismo.

Estaba harto, definitivamente harto. Los días transcurrían como un tren sobre la lineal temporalidad, el raíl trazado por la cultura occidental donde iba siempre a morir el sol tras un horizonte delimitado por la palabra “fin”, al que se veía acercarse inexorablemente. Uno tras otro, seguía puntillosamente los manuales que correspondían al contenido ya estipulado por el mismo programa de la asignatura que ya había desarrollado idénticamente durante los cuatro años anteriores. No ocurría, sin embargo, lo mismo con el resto de actividades que llevaba a cabo al margen de su vida académica. Fuera de las aulas su vida se dibujaba con manchas y salpicaduras que pintaba una brocha de apetencias, casualidades e infortunios. Si el transcurso de la vida se puede enmarcar en una acuarela en la que se vislumbra una puesta de sol tras un horizonte marino, la suya estaba retratada en el enfoque en primer plano del reflejo de la luz solar en el agua. ¿Por qué no inundar su clase, sumergir a sus alumnos en la acronía, ahogarlos en su percepción poética de la vida?

Harto, harto de esquemas y reglas metodológicas en su clase, se había dedicado desde hacía cierto tiempo a la creación de un libro de caminos laberínticos que se perdían entre el azar y el destino, al que había titulado de manera intuitiva NOCIONES PARA ORIENTARSE EN EL MUNDO. Lo había anunciado entre sus alumnos despertando su ausente entusiasmo, ausencia que encontraba refugio en los apuntes de compañeros de cursos anteriores.

Llegó el día: Benôit entró en la clase ansioso y sorprendido al encontrar a los alumnos perdidos desde la presentación de principio de curso. La presión y el sudor de su carrera, por llegar puntual a la cita con el cambio de rumbo, le imprimían un miedo escénico neonato. Una vez que se había centrado en el punto de ubicación de la mesa dictatorial del profesor, colocó su cartera de cuero marroquí sobre la mesa, despegó su solapa y no lo encontró. Su libro se había convertido en un objeto perdido y, con él, se perdía su guía, su brújula. Paradójicamente sonrió al pensar en la absurda idea de pérdida y continuó con un revés de ironía…

viernes, 12 de marzo de 2010

EL creador de espacios - I

Se sentó en el banco recién abandonado por Celia y, apoyando su cabeza en el respaldar, con su mirada dirigida al cielo, empleó el firmamento despejado como pizarra de los diseños que yacían en su mente a la espera de plastificarlos. Las ramas de los cerezos que se entrecruzaban se convertían paulatinamente en estructuras triangulares que sustentaban el techo de una estación de trenes. Su dedo índice ascendió señalando una hoja seca y, como un portaminas, lo convirtió en un elegante reloj de reminiscencias clásicas. Sonrió satisfecho hasta que el viento sopló para borrar su plano y hacerlo volar como una pompa de jabón. Cayó la hoja sobre su regazo y al sacudirla se descubrió su reloj de pulsera anunciando a grito de agujas la hora de abandonar el lugar.

Al llegar al estudio recuperó la pompa de jabón voladora en un folio DINA2 y tras el agotador proceso, una somnolencia espesa lo condujo hasta la entrada de la estación de trenes:

Al fondo podía divisar el reloj marrón marcando las 5 de la tarde tan nítidamente que sintió un ligero escalofrío onírico. La gente que invadía el espacio ya inaugurado se movía en un desconcertante orden de diagonales que dibujaban como un lago el reflejo de la estructura del techo y, como aquella hoja que aún recordaba, se desgajó del tumulto la imagen de los ojos desorientados de Celia...

Y despertó, y el silencio y la pulcritud del estudio lo entristecieron al devolverle a su mundo, sin hojas, sin relojes, sin la muchacha perdida en el camino y encontrada en su pupila.

miércoles, 10 de marzo de 2010

El creador de espacios

Y mientras Celia se alejaba por el sendero de almendros con el libro cerrado bajo el brazo, cruzó una instantánea mirada con él:

Él era un demiurgo, un joven arquitecto con la tensión necesaria para sujetar un lápiz con sus manos y hacerlo deslizase como la cuchilla de un patinador sobre hielo. La sensación de la madera pintada entre sus dedos era el punto de encuentro entre su imaginación creadora y la realidad palpable. Y ahí, en ese mismo lugar, anclaba su esquema vital. Su vida tenía cimientos sólidos, columnas cuadradas hormigonadas, tabiques estratégicamente posicionados y una cubierta resistente a deleites de sueños ornamentales. Todo necesitaba de relieve y funcionalidad tangible para justificar su existencia. La ausencia de un tacto o de una utilidad manipulable era síntoma altamente estimable para el desalojo en el hogar de su conciencia. Así despreciaba la sonoridad de las palabras que agonizaban en el tiempo y en el aire. La creación de edificios de base invisible, de fachadas de espejos infinitos que se licuan y solidifican de forma aleatoria en la mente de escritores, libros y lectores en la travesía entre neblina de su comunicación, era un elemento superfluo en su concepción del mundo, un séptimo día sin trascendencia en el génesis que podía fácilmente omitirse.