
Benôit llegó aceleradamente tarde a la clase del cuarto jueves, del cuarto mes, del cuarto año como profesor de teoría de la literatura en aquella universidad de dudoso prestigio. Cuando se abalanzó sobre la puerta de la clase sus alumnos ya habían dispuesto sus asentaderas en los incómodos bancos alineados de manera antinatural en aquella aula que, como el resto, inclinaba los oídos hacia los sucesivos monólogos que dirigían los profesores. Y todo ello le produjo un incremento repentino de su ya presente nerviosismo.
Estaba harto, definitivamente harto. Los días transcurrían como un tren sobre la lineal temporalidad, el raíl trazado por la cultura occidental donde iba siempre a morir el sol tras un horizonte delimitado por la palabra “fin”, al que se veía acercarse inexorablemente. Uno tras otro, seguía puntillosamente los manuales que correspondían al contenido ya estipulado por el mismo programa de la asignatura que ya había desarrollado idénticamente durante los cuatro años anteriores. No ocurría, sin embargo, lo mismo con el resto de actividades que llevaba a cabo al margen de su vida académica. Fuera de las aulas su vida se dibujaba con manchas y salpicaduras que pintaba una brocha de apetencias, casualidades e infortunios. Si el transcurso de la vida se puede enmarcar en una acuarela en la que se vislumbra una puesta de sol tras un horizonte marino, la suya estaba retratada en el enfoque en primer plano del reflejo de la luz solar en el agua. ¿Por qué no inundar su clase, sumergir a sus alumnos en la acronía, ahogarlos en su percepción poética de la vida?
Harto, harto de esquemas y reglas metodológicas en su clase, se había dedicado desde hacía cierto tiempo a la creación de un libro de caminos laberínticos que se perdían entre el azar y el destino, al que había titulado de manera intuitiva NOCIONES PARA ORIENTARSE EN EL MUNDO. Lo había anunciado entre sus alumnos despertando su ausente entusiasmo, ausencia que encontraba refugio en los apuntes de compañeros de cursos anteriores.
Llegó el día: Benôit entró en la clase ansioso y sorprendido al encontrar a los alumnos perdidos desde la presentación de principio de curso. La presión y el sudor de su carrera, por llegar puntual a la cita con el cambio de rumbo, le imprimían un miedo escénico neonato. Una vez que se había centrado en el punto de ubicación de la mesa dictatorial del profesor, colocó su cartera de cuero marroquí sobre la mesa, despegó su solapa y no lo encontró. Su libro se había convertido en un objeto perdido y, con él, se perdía su guía, su brújula. Paradójicamente sonrió al pensar en la absurda idea de pérdida y continuó con un revés de ironía…