domingo, 21 de marzo de 2010

La ventana

He encontrado… - decía mientras miraba de reojo por la ventana- un nuevo punto de vista desde el que arrojar mis sentidos.
Abrió la ventana, sacó uno de sus pies a través del alfeizar, tomó aire y lo empujó hasta la profundidad de sus entrañas y, cuando iba a expirar, levantó el talón del pie que sostenía la parte de su cuerpo que aún mantenía la atención de su alumnado y la masa asfixiante de la realidad. Algunos de los alumnos sintieron la levedad momentánea de sus cuerpos sobre los asientos en un impulso por sujetar el vuelo de su profesor.
Son sólo unos segundos, unos segundos de tránsito -pensaron todos.
El vacío se empezaba a abrir paso bajo su peso, se deshacía su tacto como un líquido que se evaporaba en fusión con el viento, su vista se llenaba de rocío, su oído transcribía la línea recta del desánimo, del abandono del pensamiento y de la respiración. Pero nació del cielo un tejido de vigas metálicas, un techo plagado de triangulaciones precisas del que pendía un reloj. Y en el preciso instante en el que el puntero decidía apuñalar las cinco, una alumna decidió perder su gravedad para cedérsela al profesor en un empujón que lo devolvió al interior de la clase. En el exterior las nubes se disolvieron y, en el interior de la clase, el techo se encendió tras unas gafas de pasta verde que Benôit veía por primera vez.

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