
Se sentó en el banco recién abandonado por Celia y, apoyando su cabeza en el respaldar, con su mirada dirigida al cielo, empleó el firmamento despejado como pizarra de los diseños que yacían en su mente a la espera de plastificarlos. Las ramas de los cerezos que se entrecruzaban se convertían paulatinamente en estructuras triangulares que sustentaban el techo de una estación de trenes. Su dedo índice ascendió señalando una hoja seca y, como un portaminas, lo convirtió en un elegante reloj de reminiscencias clásicas. Sonrió satisfecho hasta que el viento sopló para borrar su plano y hacerlo volar como una pompa de jabón. Cayó la hoja sobre su regazo y al sacudirla se descubrió su reloj de pulsera anunciando a grito de agujas la hora de abandonar el lugar.
Al llegar al estudio recuperó la pompa de jabón voladora en un folio DINA2 y tras el agotador proceso, una somnolencia espesa lo condujo hasta la entrada de la estación de trenes:
Al fondo podía divisar el reloj marrón marcando las 5 de la tarde tan nítidamente que sintió un ligero escalofrío onírico. La gente que invadía el espacio ya inaugurado se movía en un desconcertante orden de diagonales que dibujaban como un lago el reflejo de la estructura del techo y, como aquella hoja que aún recordaba, se desgajó del tumulto la imagen de los ojos desorientados de Celia...
Y despertó, y el silencio y la pulcritud del estudio lo entristecieron al devolverle a su mundo, sin hojas, sin relojes, sin la muchacha perdida en el camino y encontrada en su pupila.
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