También apareció el libro, primero su proporción, luego, poco a poco, su cubierta detalladamente calcada, arrugando con matices los pliegues de la imitación de cuero que connotaba, de alguna manera, la condición inédita del ejemplar. Y, de repente, en un fogonazo, se fotografiaron las letras doradas adheridas a la portada: NOCIONES PARA ORIENTARSE EN EL MUNDO.
El dibujo de su memoria ya terminado le sugirió una nueva línea de prolongación. Quizás ese libro fuera el punto de enlace, la pieza clave de un arco de medio punto donde descansaba todo lo que empezaba a sentir y que anhelaba aún más que la precisión de sus diseños.
Desde hacía cierto tiempo percibía -e intuía que el resto del mundo también lo hacía- como sus edificios yacían algo inertes en el espacio, como se derramaba la fuerza por las ventanas y se perdía la entereza bajo los cimientos. Y, de repente, aquella estación de trenes, aquel reloj y aquellos ojos le imprimieron más movimiento al edificio que cualquier desnivel. Sintió como el edificio cobraba corporeidad desde su plastificación en las nubes y ahora no podía más que personificar el milagro en aquella chica misteriosa que se perdió por el sendero de almendros con el libro de sugerente título bajo el brazo.
Tenía que encontrar ese libro.
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