miércoles, 10 de marzo de 2010

El creador de espacios

Y mientras Celia se alejaba por el sendero de almendros con el libro cerrado bajo el brazo, cruzó una instantánea mirada con él:

Él era un demiurgo, un joven arquitecto con la tensión necesaria para sujetar un lápiz con sus manos y hacerlo deslizase como la cuchilla de un patinador sobre hielo. La sensación de la madera pintada entre sus dedos era el punto de encuentro entre su imaginación creadora y la realidad palpable. Y ahí, en ese mismo lugar, anclaba su esquema vital. Su vida tenía cimientos sólidos, columnas cuadradas hormigonadas, tabiques estratégicamente posicionados y una cubierta resistente a deleites de sueños ornamentales. Todo necesitaba de relieve y funcionalidad tangible para justificar su existencia. La ausencia de un tacto o de una utilidad manipulable era síntoma altamente estimable para el desalojo en el hogar de su conciencia. Así despreciaba la sonoridad de las palabras que agonizaban en el tiempo y en el aire. La creación de edificios de base invisible, de fachadas de espejos infinitos que se licuan y solidifican de forma aleatoria en la mente de escritores, libros y lectores en la travesía entre neblina de su comunicación, era un elemento superfluo en su concepción del mundo, un séptimo día sin trascendencia en el génesis que podía fácilmente omitirse.

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