Y mientras Celia se alejaba por el sendero de almendros con el libro cerrado bajo el brazo, cruzó una instantánea mirada con él:
Él era un demiurgo, un joven arquitecto con la tensión necesaria para sujetar un lápiz con sus manos y hacerlo deslizase como la cuchilla de un patinador sobre hielo. La sensación de la madera pintada entre sus dedos era el punto de encuentro entre su imaginación creadora y la realidad palpable. Y ahí, en ese mismo lugar, anclaba su esquema vital. Su vida tenía cimientos sólidos, columnas cuadradas hormigonadas, tabiques estratégicamente posicionados y una cubierta resistente a deleites de sueños ornamentales. Todo necesitaba de relieve y funcionalidad tangible para justificar su existencia. La ausencia de un tacto o de una utilidad manipulable era síntoma altamente estimable para el desalojo en el hogar de su conciencia. Así despreciaba la sonoridad de las palabras que agonizaban en el tiempo y en el aire. La creación de edificios de base invisible, de fachadas de espejos infinitos que se licuan y solidifican de forma aleatoria en la mente de escritores, libros y lectores en la travesía entre neblina de su comunicación, era un elemento superfluo en su concepción del mundo, un séptimo día sin trascendencia en el génesis que podía fácilmente omitirse.
mmmmmmmmmm
ResponderEliminar(nada más que decir :P)