jueves, 29 de abril de 2010

El tren


Cuando entras todas las mañanas en el tren, lo encuentras en el mismo vagón , en el mismo asiento, con sus mismos rizos apoyados en el cristal por donde se filtran los rayos de sol como dedos naranja. Te sientas en un puesto enfrentado diagonalmente al suyo. Y, de repente, un beso. Adentras tu mano en sus cabellos, sientes su respiración en las mejillas, su sabor a café con leche, un traqueteo familiar, un “próxima parada…” silenciado.

Cuando despiertas todas las mañanas en el tren, no lo encuentras. Abres los ojos y descubres que, de nuevo, se te ha escapado tu estación.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Un recuerdo con título

Al despertar en el estudio, sintió el encuentro y la pérdida simultáneamente. Despejó de ensoñación sus ojos y la intentó recordar, recordar su fugaz mirada y la solapa del libro que sostenía bajo el brazo. Despejó la incógnita de la dimensión de sus pupilas en soporte papel, proyectándolas desde las suyas al carboncillo del lápiz. Dedujo el perfil de su nariz a partir de su sombra, la forma de sus labios a través de la curvatura que delineaba el viento al rozarlos. Su cuerpo quedó difuminado como una ráfaga, relegado a un segundo plano. No así su brazo, que se alargó hasta la mano perfectamente representada en el dibujo.

También apareció el libro, primero su proporción, luego, poco a poco, su cubierta detalladamente calcada, arrugando con matices los pliegues de la imitación de cuero que connotaba, de alguna manera, la condición inédita del ejemplar. Y, de repente, en un fogonazo, se fotografiaron las letras doradas adheridas a la portada: NOCIONES PARA ORIENTARSE EN EL MUNDO.

El dibujo de su memoria ya terminado le sugirió una nueva línea de prolongación. Quizás ese libro fuera el punto de enlace, la pieza clave de un arco de medio punto donde descansaba todo lo que empezaba a sentir y que anhelaba aún más que la precisión de sus diseños.

Desde hacía cierto tiempo percibía -e intuía que el resto del mundo también lo hacía- como sus edificios yacían algo inertes en el espacio, como se derramaba la fuerza por las ventanas y se perdía la entereza bajo los cimientos. Y, de repente, aquella estación de trenes, aquel reloj y aquellos ojos le imprimieron más movimiento al edificio que cualquier desnivel. Sintió como el edificio cobraba corporeidad desde su plastificación en las nubes y ahora no podía más que personificar el milagro en aquella chica misteriosa que se perdió por el sendero de almendros con el libro de sugerente título bajo el brazo.

Tenía que encontrar ese libro.

domingo, 21 de marzo de 2010

La ventana

He encontrado… - decía mientras miraba de reojo por la ventana- un nuevo punto de vista desde el que arrojar mis sentidos.
Abrió la ventana, sacó uno de sus pies a través del alfeizar, tomó aire y lo empujó hasta la profundidad de sus entrañas y, cuando iba a expirar, levantó el talón del pie que sostenía la parte de su cuerpo que aún mantenía la atención de su alumnado y la masa asfixiante de la realidad. Algunos de los alumnos sintieron la levedad momentánea de sus cuerpos sobre los asientos en un impulso por sujetar el vuelo de su profesor.
Son sólo unos segundos, unos segundos de tránsito -pensaron todos.
El vacío se empezaba a abrir paso bajo su peso, se deshacía su tacto como un líquido que se evaporaba en fusión con el viento, su vista se llenaba de rocío, su oído transcribía la línea recta del desánimo, del abandono del pensamiento y de la respiración. Pero nació del cielo un tejido de vigas metálicas, un techo plagado de triangulaciones precisas del que pendía un reloj. Y en el preciso instante en el que el puntero decidía apuñalar las cinco, una alumna decidió perder su gravedad para cedérsela al profesor en un empujón que lo devolvió al interior de la clase. En el exterior las nubes se disolvieron y, en el interior de la clase, el techo se encendió tras unas gafas de pasta verde que Benôit veía por primera vez.

jueves, 18 de marzo de 2010

Benôit y los objetos perdidos


Benôit llegó aceleradamente tarde a la clase del cuarto jueves, del cuarto mes, del cuarto año como profesor de teoría de la literatura en aquella universidad de dudoso prestigio. Cuando se abalanzó sobre la puerta de la clase sus alumnos ya habían dispuesto sus asentaderas en los incómodos bancos alineados de manera antinatural en aquella aula que, como el resto, inclinaba los oídos hacia los sucesivos monólogos que dirigían los profesores. Y todo ello le produjo un incremento repentino de su ya presente nerviosismo.

Estaba harto, definitivamente harto. Los días transcurrían como un tren sobre la lineal temporalidad, el raíl trazado por la cultura occidental donde iba siempre a morir el sol tras un horizonte delimitado por la palabra “fin”, al que se veía acercarse inexorablemente. Uno tras otro, seguía puntillosamente los manuales que correspondían al contenido ya estipulado por el mismo programa de la asignatura que ya había desarrollado idénticamente durante los cuatro años anteriores. No ocurría, sin embargo, lo mismo con el resto de actividades que llevaba a cabo al margen de su vida académica. Fuera de las aulas su vida se dibujaba con manchas y salpicaduras que pintaba una brocha de apetencias, casualidades e infortunios. Si el transcurso de la vida se puede enmarcar en una acuarela en la que se vislumbra una puesta de sol tras un horizonte marino, la suya estaba retratada en el enfoque en primer plano del reflejo de la luz solar en el agua. ¿Por qué no inundar su clase, sumergir a sus alumnos en la acronía, ahogarlos en su percepción poética de la vida?

Harto, harto de esquemas y reglas metodológicas en su clase, se había dedicado desde hacía cierto tiempo a la creación de un libro de caminos laberínticos que se perdían entre el azar y el destino, al que había titulado de manera intuitiva NOCIONES PARA ORIENTARSE EN EL MUNDO. Lo había anunciado entre sus alumnos despertando su ausente entusiasmo, ausencia que encontraba refugio en los apuntes de compañeros de cursos anteriores.

Llegó el día: Benôit entró en la clase ansioso y sorprendido al encontrar a los alumnos perdidos desde la presentación de principio de curso. La presión y el sudor de su carrera, por llegar puntual a la cita con el cambio de rumbo, le imprimían un miedo escénico neonato. Una vez que se había centrado en el punto de ubicación de la mesa dictatorial del profesor, colocó su cartera de cuero marroquí sobre la mesa, despegó su solapa y no lo encontró. Su libro se había convertido en un objeto perdido y, con él, se perdía su guía, su brújula. Paradójicamente sonrió al pensar en la absurda idea de pérdida y continuó con un revés de ironía…

viernes, 12 de marzo de 2010

EL creador de espacios - I

Se sentó en el banco recién abandonado por Celia y, apoyando su cabeza en el respaldar, con su mirada dirigida al cielo, empleó el firmamento despejado como pizarra de los diseños que yacían en su mente a la espera de plastificarlos. Las ramas de los cerezos que se entrecruzaban se convertían paulatinamente en estructuras triangulares que sustentaban el techo de una estación de trenes. Su dedo índice ascendió señalando una hoja seca y, como un portaminas, lo convirtió en un elegante reloj de reminiscencias clásicas. Sonrió satisfecho hasta que el viento sopló para borrar su plano y hacerlo volar como una pompa de jabón. Cayó la hoja sobre su regazo y al sacudirla se descubrió su reloj de pulsera anunciando a grito de agujas la hora de abandonar el lugar.

Al llegar al estudio recuperó la pompa de jabón voladora en un folio DINA2 y tras el agotador proceso, una somnolencia espesa lo condujo hasta la entrada de la estación de trenes:

Al fondo podía divisar el reloj marrón marcando las 5 de la tarde tan nítidamente que sintió un ligero escalofrío onírico. La gente que invadía el espacio ya inaugurado se movía en un desconcertante orden de diagonales que dibujaban como un lago el reflejo de la estructura del techo y, como aquella hoja que aún recordaba, se desgajó del tumulto la imagen de los ojos desorientados de Celia...

Y despertó, y el silencio y la pulcritud del estudio lo entristecieron al devolverle a su mundo, sin hojas, sin relojes, sin la muchacha perdida en el camino y encontrada en su pupila.

miércoles, 10 de marzo de 2010

El creador de espacios

Y mientras Celia se alejaba por el sendero de almendros con el libro cerrado bajo el brazo, cruzó una instantánea mirada con él:

Él era un demiurgo, un joven arquitecto con la tensión necesaria para sujetar un lápiz con sus manos y hacerlo deslizase como la cuchilla de un patinador sobre hielo. La sensación de la madera pintada entre sus dedos era el punto de encuentro entre su imaginación creadora y la realidad palpable. Y ahí, en ese mismo lugar, anclaba su esquema vital. Su vida tenía cimientos sólidos, columnas cuadradas hormigonadas, tabiques estratégicamente posicionados y una cubierta resistente a deleites de sueños ornamentales. Todo necesitaba de relieve y funcionalidad tangible para justificar su existencia. La ausencia de un tacto o de una utilidad manipulable era síntoma altamente estimable para el desalojo en el hogar de su conciencia. Así despreciaba la sonoridad de las palabras que agonizaban en el tiempo y en el aire. La creación de edificios de base invisible, de fachadas de espejos infinitos que se licuan y solidifican de forma aleatoria en la mente de escritores, libros y lectores en la travesía entre neblina de su comunicación, era un elemento superfluo en su concepción del mundo, un séptimo día sin trascendencia en el génesis que podía fácilmente omitirse.

lunes, 8 de febrero de 2010

La brújula

Caminaba algo desorientado, miraba el reloj incesantemente, sin detenerse a comprobar la hora que era, mientras el sol, tras un horizonte de edificios de cristal y espejos, anunciaba, inexorable, el tiempo inminente de la noche. Entonces se detuvo y, fue extraño... Se giró de manera convulsa y se percató del alargamiento exagerado de su sombra, arrancada desde sus pies y afilada hasta un árbol de tantos que poblaban la civilización urbana, uno de tantos que disimulaban, con cierta gracia y elegancia, el hormigón y el vidrio opaco. Y fue extraño porque la sombra parecía señalar algo. Era una flecha hacia no se sabe qué lugar.

Sin previo aviso, se había convertido en una aguja imantada. Era una brújula humana sembrada en el centro exacto de la urbe. Llegada la noche, la sombra guía menguaba y su figura se petrificaba inerte. Se congelaba como el resto del mobiliario urbano a la espera de los faros de los coches que pasaban irregularmente a esas horas de la noche, para revivir, al menos, su silueta en un parpadeo mínimo. La aurora le dotó de una vida anaranjada y de la proyección de una línea que sorprendió al primer transeúnte que deambulaba a esas tempranas horas de la mañana, en busca de algo que lo alejara de su rutina uniformada, aunque eso, aún, ni él mismo lo supiese. Miró a nuestro hombre, espantapájaros sin cosecha ni aves, y éste le respondió con una sonrisa etrusca, porque su gesto no estaba, ya, más musculado que un mármol y, en una comunicación sin nombres, señaló su sombra y le indicó la función de su postura: LA DIRECCIÓN DEL DESTINO.


Celia cerró el libro más perdida que nunca.

lunes, 1 de febrero de 2010

Celia et les objets trouvés


Celia iba de lunes a viernes a la facultad de matemáticas. Los lunes y los miércoles tenía clases desde las nueve hasta las dos y media de la tarde; los martes desde las ocho hasta las dos y media; los viernes desde las once y media hasta las dos y media y, luego, prácticas de cinco a siete; los jueves llegaba a las ocho y salía temprano, más o menos a la una, o a las doce y media, o a la una y cuarto, o... Celia odiaba la imprecisión temporal de su profesor de geometría. La discordancia entre su exactitud espacial y el irregular horario era una contradicción que atentaba contra toda coherencia lógica. Celia odiaba el jueves. El jueves era una línea curva en la cuadrícula de su vida.
El cuarto jueves del cuarto mes de su cuarto año de estudios universitarios, el profesor de geometría acabó su temario a la una y trece minutos. Desorientada, salió calculando minutos y segundos en que ocupar su tiempo: "Demasiado pronto para un repaso de la asignatura, poco tiempo para ponerse con los trabajos, muy temprano para el almuerzo,..." Y, mientras se alejaba por el paseo bordeado de almendros, un libro posado en un banco, abierto, con las hojas al vuelo, dibujando la silueta de una mariposa inquieta, detuvo su pensamiento. Se acercó lentamente, como con miedo a espantarlo y que saliese volando entre la espesura. Lo miró desde una perspectiva picada y descubrió, entre uno de los movimientos parpadeantes del follaje gráfico, unas gafas de montura fina, redondas, con lentes gruesas, de auténtico cristal pesado. Un oportuno y desconcertante golpe de brisa, la invitó a sentarse. Apartando con maestría de pianista las páginas volantes, cogió con fragilidad de violinista vienés las gafas y, en un absurdo y mágico gesto, se las colocó a mitad de su nariz, las trabó en sus orejas y enmarañó entre sus rizos atados:

Primera página: NOCIONES PARA ORIENTARSE EN EL MUNDO
Segunda página: Un hombre y una sombra. Más ilustración.


sábado, 30 de enero de 2010

Objetos perdidos...y encotrados

Es curiosa la percepción que de una misma realidad tenemos según nuestra lengua. Un ejemplo de ello son las distintas adjetivaciones que reciben esos objetos cuyos dueños sufrieron, alguna vez, una laguna en su concepto de propiedad, en algún lugar azaroso del universo y que, en un acierto aún más insólito de la casualidad, alguien encontró. En español los conocemos como objetos perdidos, en memoria de aquellos que, al percatarse de su despiste, comienzan a buscar. En inglés, en cambio, the lost and found, no pasan por alto que, si alguien lo pierde, alguien lo encuentra. Sin embargo, el punto de vista para mí más curioso, supongo que por la contrariedad que supone en mi conceptualidad hispana, es el francés. Estos artículos que cuentan una dualidad histórica son reconocidos por el pueblo galo desde el otro lado, desde el segundo instante coincidente entre una persona y el ser inerte. Son los conocidos como los objetos encontrados, "les objets trouvés". Así fue como esta determinación lingüística determinó las vidas de Benoît y Celia:

Continuará...

viernes, 29 de enero de 2010

El murciélago


Me pregunto qué se nos pasaría por la cabeza para captar ese momento preciso. Por qué. Cómo. El acierto de un bicho que capta un instante. Irrepetible. No se volverá a dar jamás. O quizá nunca existió. Cada vez que la miro me parece diferente. Rasgos, surcos, emociones robadas, brillantes ojos que nunca posan en el mismo sitio, prados, avellanas, cielos... los míos rojos. No son reflejos. Son colores que poseemos, o esa mentira nos grita esta máquina. La misma que decidió teñir mis pupilas agigantadas, que queda colgada y sobrevuela nuestra intimidad plasmando sus alas negras. Da igual cómo lo consiguiera. Lo que importa es el qué. Tienes razón. Como siempre. Por siempre recluido en una representación que no me represente, que me recuerde lo que quise ser. Puede que lo fuera. Lo fui. Sigo mirándolo todo al revés, pero en movimiento. Da igual el mecanismo. Veo.”


Caracol


Deja de mirarme
con un caracol colgando
de tus pestañas.

Haz que ruede hasta mi ombligo
y que suelte ahí sus lágrimas.

Deja de mirarme
con un caracol colgando
de tus pestañas.

Rodarán por mi vientre
y se empegostarán como mocos.

Deja de mirarme
con un caracol colgando
de tus pestañas.


Esa baba de caracol dormido
que no transpira sino oxida
poros con pegamento hipnótico
y miradas distraídas.

Un caracol retorcido
que atrapa espirales
y devuelve legañas verdes.

Ese es tu ojo
que guiña a la ironía.

Ese es y no el que chorrea
olas cristalinas
de verdeazul y melancolía.


Deja de mirarme
con un caracol colgando
de tus pestañas.

Porque se alejará
arrastrando un rastro
de vacío orbital.

martes, 26 de enero de 2010

Palomitas


Un niñito muy pequeñito alimenta a las palomas en un parquecito. Al niñito le gusta sentir como entra el estallido de la comidita en los piquitos, como una arañita en sus orejitas. Y sonríe, haciendo chirriar sus dientecitos.

El niñito empieza a ir al colegio. El niñito aprende. El niño ya supo leer.

Y un día, mientras arrojaba comida a las palomas, leyó en el paquete que contenía la comida la secuencia P-A-L-O-M-I-T-A-S. El niño hizo chirriar sus dientes en una expresión de susto al descubrir que esos animales, que parecían tan pacíficos, eran caníbales.

Y así es como el niño, aún, por un tiempo muy cortito, dejará volar a las palomas y a su imaginación.